EL VIAJE RITUAL
A los cubanos de todas partes
Atrapados en nuestros tristes odios
navegamos en el rito misterioso de un viaje
por mucho tiempo ya prolongado,
con rumbo hacia ninguna parte,
sin avanzar y sin retroceder,
manteniéndonos,
a toda costa,
a flote en el naufragio,
mientras la oscura y espesa corriente
va aumentando su caudal
con nuestra propia sangre.
Cada cual esconde como puede su rostro
en el rebaño y,
de vez en cuando,
damos con una incierta orilla
—tal vez no sea real, la imaginamos—
para recordar que aún de hombres
iluminamos la noche con la mestiza piel
aunque los dioses no respondan a nuestros cantos,
tal vez se han hecho sordos a nuestros conjuros,
ni siquiera reparan en nuestras imprecaciones,
están furiosos con nosotros
porque no hicimos caso del oráculo
que nos señalaba
el verdadero rumbo.
Ellos pronosticaron los fracasos
de las tantas aventuras,
los por inútiles padecidos vía crucis,
las fragmentaciones del alma,
las renuncias sin compensaciones y
el cotidiano morir por espejismo e ilusiones...
Los dioses nos anunciaban las desgracias
con voces de piedra y caracol,
en cáscaras de coco, y lenguaje de olas,
en las vísceras de las aves trenzadas
con la de algún otro animal,
bebiendo en cada sacrificio,
aderezados con las semillas de obí colá,
los jugos que apagan la razón
y hacen del pasado
el cuerpo presente de los mitos.
Por todas partes nueces rojas centelleaban
en los horizontes,
signos de blanca luz hendían sus raíces
en los oscuros cielos,
eran las visiones fragmentadas
del rey de todos los dioses,
el que regaña con rugidos de cientos de leones
la desobediencia de los hombres.
No hicimos rumbo al consejo ni hicimos caso
al corazón que las lenguas de los dioses
nos dieron.
Nos querían los dioses para la fiesta perenne, para
abrirnos al mundo sin afanes de botín,
querían que dejáramos en el aire el tatuaje
de nuestros cuerpos bautizados por la danza y
las saetas de tambores que hacen diana en la pena y
curan cualquier oscura aflicción.
Al iniciar la ruta loca
ellos nos ven los recorridos,
van a nuestras espaldas
como centinelas del destino adverso.
En los días sagrados, en medio de los festines,
bajan danzando a la caja de música
en que nuestros cuerpos se han convertido,
entregamos la faz a sus máscaras rituales
y perdemos el dominio de nuestras lenguas.
Es así como nos hacemos templo,
congregación, espíritu y visión.
Nuestras palabras se transmutan en rumores sagrados,
en cantos remotos y desenfrenados,
orgías de voces ensalzan
tanto las olvidadas epopeyas
como las escasas victorias de una raza
-nos cuentan la saga
no desde la visión del héroe, sino
de los seres transparentes:
los que siempre pierden la vida en las hecatombes-;
esa es la historia que sólo sirve para sacrificar
los nombres de la plebe
y destacar el nombre de líderes o reyes.
Nuestros cuerpos se iluminan con el fulgor de los astros
que cuelgan de los cielos;
nuestros miembros toman su fuerza con los sonidos
que nuestros pies,
al ritmo del tambor, sacan del suelo; es entonces
cuando la fiesta se ve comparsa,
procesión serpiente que muerde su cola
para no perderse en esta vida.
Es el momento del vínculo con la estirpe ancestral.
Pero ¿de qué muertos hablan estos cantos?
¿Cuáles son mis muertos sino los tuyos?
Hemos abjurado de nuestros mejores sueños
por darle apoyo sólo a aquel encono y pesadilla;
le otorgamos realidad a una quimera
para renunciar a jardines y bosques repletos
de azucenas;
velamos los mitos para consagrarnos
a una historia que no nos concibió,
renunciamos a la verdad
que habita en el poema y
nos dejamos deslumbrar por la nebulosa
en que siempre andan envueltas
las cosas del futuro.
Desde entonces inflexibles vamos dando bandazos
contra rocas y arrecifes,
carenando en los bajos fondos
de cualquier estuario,
abriendo el pozo ciego de nuestra herida sentina
que enmohece los lastres,
la gruñidora armadura,
raído el velamen y quebrado el timón
sin oponer resistencia,
ignorando a voluntad que navegamos
atrapados en nuestra propia sangre,
represados en esa tétrica corriente
que nos conduce al mañana,
sin que queramos darnos cuenta
que el futuro no es más que la máscara que
oculta el rostro de todo lo que nos ha sido vedado.
Sólo nos asiste el consuelo al decir que
gracias que no hay pueblo
que carezca de imaginación, de
magia práctica, para multiplicar cada día
los panes y la cerveza,
las partidas y las muertes.
Tomás González Pérez